Voices of violence 09jul2011

Cuando aparecieron los Mossos d’Esquadra sacando las porras, la violencia ya estaba ahí. En el Estado Español nunca se había repetido tanto la palabra “violencia” hasta que cientos de activistas bloquearon las puertas del Parlament catalán en contra de una votación de recortes contra la sanidad y la educación que iba a llevarse a cabo en el interior. Artur Mas, el President de estos recortes, se refirió inevitablemente a esa “línea roja” que determina lo “incorrecto” de lo “democrático”, sin recordar que al lado observaba un tal Felip Puig del que aún pedimos la dimissió. La prensa se ha convertido en una batalla de comillas aclaratorias en donde cada empresa redefine conceptos según el (e)lectorado que compra religiosamente su biblia a poco más de un euro diariamente.

Todo lo que sobrepase esa línea roja determinada por alguien que desconocemos es “violencia”. Defenderse de esa gran paradoja llamada “antidisturbios” también es “violencia”. La Historia con mayúsculas nos ha enseñado que la violencia es inherente a la condición humana e indispensable en los cambios de estructuración social incluyendo las revoluciones, desde las guerrillas anticolonialistas hasta los derrocamientos de gobiernos corruptos pasando por la llamada Primavera árabe del 2011. El debate sobre el uso de la violencia puede ser largo y tendido según si es, entre otros, Weber o Bakunin quien predomina en los razonamientos, por lo que recomendamos especialmente las lecturas de “El político y el científico” (Max Weber), donde el politólogo alemán habla sobre el monopolio de la violencia por parte del Estado y la obra (incompleta) de Bakunin “Dios y el Estado“, en contrapartida al papel de la superestructura estatal ante este tipo de situaciones. En él queda claro que en la violencia no hay siempre presente maltrato físico, sino la simple presencia de la religión o algún estamento que ahogue económica y culturalmente alguna capa de la sociedad, de modo que estamos presenciando un acto de acción y reacción contra la represión. Bakunin celebraba que esa “reacción” fuese contra el Estado, pero Marx se refería a la violencia como un paso más en la inevitable caída del capitalismo para instaurar un sistema socialista.

A lo largo de esa Historia hemos presenciado momentos como la Revolución Francesa y su guillotina, o el contemporáneo rechazo palestino contra la ocupación del Estado de Israel. En ambos casos, el objetivo es el mismo, liberarse del yugo opresor, pero la diferencia es notable en el concepto, llamándose “Revolución” aquel proceso del que María Antonieta no guarda buenos recuerdos y “Terrorismo” a todos los actos contra el ejército de Israel por parte de las fuerzas de resistencia palestinas, incluida la Flotilla de Gaza. Las intifadas (“levantamientos”) son piedras del hartazgo contra balas racistas, un inicio de revolución basado en la acción y reacción. Los medios oficiales no hablan de “conciencia palestina” ni “resistencia”, sólo encuadran las ansias de liberación dentro del “Terrorismo” que ciertos grupos anti-israelíes practican en forma de coche bomba contra la población hebrea que poco a poco se levanta contra su propio gobierno en forma de insumisión al ejército; paradójico que un acto de “violencia contra el Estado” sea el hecho de rechazar el uso de las armas.

Hace años, Fidel Castro fue acusado de entrenar, entre otros grupos, a ETA, las FARC o el FPLP. Conoce perfectamente dónde está esa línea roja que separa el terrorismo de la violencia que tan necesaria fue, inevitablemente, en las luchas por la liberación de los países latinoamericanos de mediados del siglo XX. Nelson Mandela, premio Nobel de la Paz en 1993, también. Todo depende desde qué parte de la piramide del actual sistema capitalista se mire, si desde la base oprimida o la punta opresora, dueña del devenir de la Historia hasta que el hartazgo popular se convierte en respuesta.